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Horst Kurnitzky

Usos y costumbres.

La búsqueda de la identidad.

por Horst Kurnitzky

 

 

 

 

 

Hace tres o cuatro décadas, el humanismo universal - desacreditado por ideologías que lo convirtieron en un totalitarismo al servicio de fines antihumanos - fue tirado a la basura de la historia y sustituido por un nuevo modo de ver los hechos. Al fin liberados de la supuesta presión que desde la época moderna había generado la obligación a la racionalidad y a la Ilustración, los líderes de opinión de la entonces llamada posmodernidad vendieron el método de descontextualizar al mundo como medio para lograr la liberación global de los seres humanos y de sus culturas particulares de cualquier tutela imperial. Anything goes fue la fórmula con la cual Paul Feyerabend[1] celebró la nueva época. Pero la crítica al pensamiento único del mundo moderno industrializado condujo a esos líderes de opinión a ver equivalentes todas las culturas y a reclamar la no intervención de una cultura dominante en sus respectivos usos y costumbres. El lema del individualismo de possessio, chacun à son façon, lo trasladaron a las culturas de grupos étnicos y religiosos. Entonces sostuvieron que, para su propia supervivencia como ente cultural, las culturas marginadas debían cultivar y defender su identidad frente a un imperio global cuya cultura dominante las amenazaba con la exterminación. Este es un proceso al que no se le ve fin. Cada vez con mayor intensidad aparecen nuevos grupos étnicos que se atribuyen el irrestricto derecho de preservar sus costumbres, o surgen guerreros religiosos fundamentalistas que luchan por su dios. En lugar de que la nación moderna sirva como modelo para buscar la autonomía de una sociedad, actualmente aparecen comunidades religiosas o etnias que se oponen al dominio creciente de los intereses económicos particulares, y a la consecuente pérdida de la solidaridad social. Estos movimientos se presentan como nuevos portadores de esperanza.

 

En posesión de una cultura, o de una religión específica -- o sea de valores supuestamente superiores que justifican cualquier guerra--, las etnias y las comunidades religiosas toman las armas en contra de la cultura mundial unificadora. Esto incluye a la civilización occidental entera, especialmente en donde la autonomía del individuo tiene una especial preeminencia. La resistencia de las comunidades étnicas y religiosas a las pretensiones totalitarias de una potencia mundial pone en movimiento las más antiguas estructuras sociales: la comunidad como bastión sólido o como último escape. Tanto las etnias como los guerreros de la fe persiguen un territorio propio en el que puedan preservar sus religiones, sus mitos y sus cultos y, en la mayoría de los casos, un tipo de colectivismo económico y social. La pureza étnica, o sea, el proceder de un grupo sin mezcla racial, un pasado común, una religión singular y a veces también una lengua propia se plantean como formas de resistencia en contra del capitalismo dominante a nivel mundial, así como en contra de su hegemonía cultural. La comunidad se entiende como alternativa: cuando todos se conocen y se quieren, el mundo todavía está en orden.

 

Esta tendencia se reforzó con el derrumbe del imperio soviético, con la caída del llamado bloque socialista, que representó, hasta su implosión económica y política, una ficticia contraposición al dominante capitalismo occidental. Ficticia porque el llamado socialismo fue dirigido por la misma lógica de acumulación económica, con sus respectivas tecnologías y formas burocráticas de organización de la sociedad, muy similar a las sociedades capitalistas de cuyas redes dependió. En el vacío causado por este derrumbe, se han extendido varios movimientos político-religiosos y étnicos que supuestamente son la oposición al mundo único y que pretenden, reclamando la identidad cultural, representada por usos y costumbres particulares, una alternativa sustancial al sobreviviente capitalismo, ahora neoliberal. La búsqueda de la identidad se ha presentada como una esperanza de salvación y ha unificado la fascinación de mucha gente a unas culturas sacadas del olvido de la historia, así como a culturas étnicas recientemente inventadas y a fundamentalismos religiosos construidos con fragmentos de religiones tribales casi desaparecidas. ¿Qué es lo que busca la gente en la identidad? O sea, ¿qué significa la búsqueda de algo propio?

 

Desde los pensadores griegos, la filosofía designa la identidad con la simple proposición A = A (A es A). El signo de igualdad de este teorema no significa que A sea igual a cualquier A, como lo entiende el sentido común de la gente y como se usa en la vida cotidiana en los intercambios mercantiles, sino que A es sólo igual a sí misma. En este teorema, el signo de igualdad es reflexivo. Una cosa solamente puede ser idéntica a sí misma; en griego, tautótes, de tauto-, o en latín, ídem, lo mismo. Aquí tiene sus raíces lingüísticas la identidad y en la tautología su esencia. Dice Aristóteles: “En sentido esencial, las cosas son idénticas del mismo modo en que son unidad, ya que son idénticas cuando es una sola su materia (en especie o en número) o cuando su sustancia es una. Es por lo tanto evidente que la identidad de cualquier modo es una unidad, ya sea que la unidad se refiera a una pluralidad de cosas, o ya sea que se refiera a una única cosa, considerada como dos, como resulta cuando se dice que la cosa es idéntica a sí misma”[2]. De modo similar, Nicolás de Cusa sostiene: “dos cosas no pueden ser absolutamente iguales en el universo”[3], mientras Hegel califica la esencia de la identidad como “identidad consigo misma”[4]. ¿Es esto lo que quieren los buscadores de la identidad? ¿Qué significa esto?

 

En el siglo XX, en su discurso sobre “Identidad y Diferencia”[5], el filósofo alemán Martin Heidegger delata lo que se oculta detrás de la búsqueda de la identidad. En su lucha contra la Ilustración y por el renacimiento de la filosofía medieval; y para conectar el problema de la identidad con su filosofía del Ser, Heidegger cita una frase de Parménides que dice así: “Lo mismo es en efecto percibir (pensar) que ser.”[6] Quiere decir “el ser tiene su lugar --con el pensar-- en lo mismo”[7], pienso ergo soy. Hasta aquí, Heidegger se queda en la tradición de la filosofía de la Ilustración europea. Pero más adelante plantea: “Manifiestamente el hombre es un ente. Como tal, tiene su lugar en el todo del ser al igual que la piedra, el árbol y el águila. Tener su lugar significa todavía aquí: estar clasificado en el ser. Pero lo distintivo del hombre reside en que, como ser que piensa y que está abierto al ser, se encuentra ante éste, permanece relacionado con él, y de este modo, le corresponde.”[8] Entonces, el hombre y el ser se pertenecen mutuamente. Dice: “El hombre y el ser se transpropian recíprocamente, esto es, nos adentramos en aquello que nombramos Ereignis.”[9] “Pensar el Ereignis como acontecimiento de transpropiación, significa trabajar en la construcción de éste ámbito oscilante en sí mismo.”[10] “En la medida en que nuestra esencia dependa del lenguaje, habitamos en el Ereignis.[11] Entonces “la identidad tiene que ver mucho, si no todo, con el Ereignis.”[12] Aquí Heidegger nos sorprende con su propia etimología. Ereignis quiere decir acontecimiento. En alemán llega de ojo, Auge, algo que ocurre, que se presenta ante los ojos como acontecimiento; de acontecer, algo que sucede, un suceso. Pero Heidegger, con su manía de separar el prefijo de la raíz de la palabra (ignorando que en alemán las raíces cambian su sentido cuando cambia el prefijo), hace de Ereignis un Er-eignis y descubre milagrosamente en la parte eignis, Eigentum que significa propiedad.

 

La transposición no sería muy grave porque el hombre y el ser sí guardan una estrecha relación; pero dado que Heidegger entiende la filosofía del ser como filosofía del gran sacrificio, la relación delata su verdadera intención, la cual explica en otro lugar, en su “Epílogo a ‘¿Qué es Metafísica?’”[13], un texto de 1943 que publicó otra vez pocos años después del derrumbe del nazismo alemán, todavía con gran esperanza en este movimiento y en convertirse en su filósofo. Heidegger no solamente era un adorador del nazismo alemán, a cuyo partido perteneció hasta su fin, sino que también publicó, en Ser y tiempo, su obra principal, una gran apología al sacrificio total como esencia del ser. Para Heidegger, la verdad del ser es su sacrificio. Una visión apocalíptica. Lógico que viera al movimiento nazi, con su simbología de la muerte y sus gigantescas orgías de sacrificios, como el ejecutor de su filosofía. En el epílogo al que me refiero no queda duda alguna: “El sacrificio –escribe-- se encuentra en casa (en alemán: Das Opfer ist heimisch) de ese acontecimiento propio en el cual el ser reclama al hombre para la verdad del ser.”[14] Con otras palabras, en Heidegger, la búsqueda de la identidad significa el fuerte deseo a una comunidad de sacrificio y de autosacrificio; en términos sociales, la búsqueda de una comunidad étnica o religiosa que se distinga de las demás.

 

Las etnias son construcciones que los seres humanos abrazan con gusto por darles un techo protector. La identidad étnica que se busca por todas partes es un producto del miedo. Al igual que las religiones, las etnias, en beneficio de la conservación de la comunidad, no pueden prescindir de los mitos y las manifestaciones culturales. Continuamente deben evocarse a sí mismas, puesto que no son ni presupuestos indispensables ni resultado lógico de un desarrollo genuino. Cuando la comunidad es conservada gracias a la magia del mito, la etnia misma es ya un mito que posibilita la identificación.

 

En griego, el término ethnos originalmente se refiere a familias, clanes y comunidades de gentiles extranjeros, o sea a gente que no participa del culto propio: pueblos extranjeros. Ahora los movimientos étnicos regresan a lo mismo. Toman la palabra y con ello enfatizan su ser diferente. Étnico significaba gentil, pagano, y en la Antigüedad se refería tanto a los individuos como a los pueblos que no tomaban parte en el culto romano. En la Biblia, los judíos eran regidos por etnarcas, y todavía, en el siglo diecisiete, a los jefes de naciones extranjeras, los europeos los llamaron etnagogos. En realidad, estas culturas siempre fueron el producto histórico de una mezcla de múltiples culturas, rituales y mitos. Las culturas étnicas no responden a un plan previo, son productos casuales que responden a hechos sociales ocurridos por razones específicas, en situaciones históricas particulares. Su establecimiento temporal las contrasta con la ficción de ser una tradición eterna. Las tradiciones quieren presentarse como algo dado por un dios, algo natural o sobrenatural, sin embargo, bien sabemos que toda tradición fue alguna vez inventada. Los nuevos cultos y mitos aparecen cuando ocurre alguna catástrofe o cuando así lo requiere la economía de la colectividad, y se abandonan cuando ya no se tiene necesidad de ellos. Esto ha sucedido por causas externas, debido al sometimiento militar y a la misión que se lleva a cabo en guerras religiosas, o bien en guerras internas organizadas por los chamanes y los administradores del culto, y sucede hoy que las crisis y las catástrofes se advierten por todas partes con mucho temor.

 

Cuando pensamos en la naturaleza: ¿una piedra, un árbol, un águila, un ser humano, ¿son siempre idénticos a sí mismos? Una piedra quizá, aunque también depende del tiempo y el estado de su observación. ¿Pero un árbol, que crece y muere?, por no hablar del ser humano que, como sabemos, camina con cuatro patas cuando nace, con dos como adulto y con tres cuando es viejo. ¿Cuándo es el hombre idéntico a sí mismo? Se podría argumentar que son clasificaciones del género y no de entidades concretas. Entonces pensemos en una persona. ¿En qué momento de su vida es idéntica a sí misma? Según los cuentos de Bertold Brecht sobre el señor Keuner, este fue una vez saludado por un conocido con la siguiente observación: “¡Usted no ha cambiado nada!”, y Keuner, como cuenta Brecht, se puso pálido (bleich), es decir, muerto. En alemán, bleich y Leich (pálido y cadáver) tienen la misma raíz. Ambas palabras se refieren a lo muerto. Para decirlo de otra manera, el hombre que no cambia es un muerto, un cadáver. Aunque esto tampoco es cierto, porque enterrado como cadáver, se lo comen los gusanos y vuelve a cambiar su identidad. Siempre hay cambio y movimiento, en los microorganismos al igual que en el universo. El mundo no se detiene, como lo planteó hace más de 2500 años Heráclito, panta rhei, todo fluye. “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río”. Esta fue la frase de un fragmento que lo hizo famoso. Ni el río, ni nosotros somos los mismos en los distintos tiempos. Todo fluye. El concepto dialéctico de Heráclito que interpreta todo el mundo como un proceso conflictivo permanente, nos llegó con la muchas veces mal usada frase: “La guerra es la madre de todas las cosas”. Quiere decir que “el devenir se da según la lucha de los contrarios”, un concepto que recuerda a la filosofía taoísta china del mismo tiempo (yin y yang) y a la filosofía dialéctica europea de los siglos 19 y 20. Nada es, todo fluye, todo se ubica en un proceso de cambio permanente, dice la filosofía dialéctica.

 

Entonces, podemos volver a preguntarnos, ¿por qué alguien busca una identidad con un determinado pueblo, definido por usos y costumbres propios, tal vez con una lengua propia? ¿Es una forma de huida, o es una regresión a formas sociales que ofrecen protección y que prometen lugares donde no hay conflictos? Cuando entre los 6 y los 14 años de edad, los niños y jóvenes forman tribus artificiales, frecuentemente se inventan sus propios rituales, usos y costumbres que los distinguen de los demás. Tienen una inclinación al secreto que comparten con los miembros de su pandilla. A veces se inventan un código o una lengua inaccesible para los adultos, y sobre todo para miembros de otras pandillas con las cuales se encuentran en guerra. Esta regresión a formas tribales caracteriza la situación en la cual, para los jóvenes, las relaciones entre los sexos en la familia se han vuelto problemáticas debido al aumento de sus deseos sexuales y a la ausencia de nuevas relaciones entre los sexos fuera de la familia. Todo parece indicar que los problemas sexuales se acentúan cuando una sociedad no quiere crecer, o sea, cuando no quiere reconocer en cada persona a un individuo autónomo ni desarrollar relaciones satisfactorias entre los sexos que le permitan a sus miembros una vida solidaria.

 

Una cultura étnica es siempre endogámica y autoritaria. Es totalitaria también en el sentido de dictar todas las acciones y actividades de sus miembros y de guiar sus conductas y sentimientos. Los hombres no alcanzan a convertirse en individuos autónomos, porque sólo existen en función de ella, como parte de un rebaño. Con la fascinación o el terror que imponen sus mitos, sus ritos y su folclor, la cultura étnica exige la sumisión a sus costumbres. Justamente la palabra etnia quiere decir eso: costumbre; y la palabra ethos tiene sus raíces en los cultos tribales de reproducción. Sin los elementos del culto religiosos o para-religioso, los movimientos étnicos carecen de sustancia. Son formaciones sincréticas y, al mismo tiempo, son comunidades excesivamente sacrificiales que reclaman su origen en celebraciones de culto. A esto se añade la ideología de la pureza, para la que “etnia pura” es sólo otro modo de decir “raza pura”, o sea una construcción que recurre a la naturaleza – a la sangre y a l carne – para eliminar los obstáculos y fomentar la disposición a exterminar todo aquello con lo que la comunidad no esté conforme. Cuando se rompe el tabú del homicidio, ya no hay nada que lo pueda detener. O sea, cuanto una etnia acepta la pena de muerte para preservar su cultura, la tradición se echa a andar como su instrumento más útil e inhumano. Con la limpieza étnica, o al menos con la ejecución terrorista de la cultura étnica o religiosa, los movimientos étnicos generan, consciente o inconscientemente, la exclusión de más y más seres humanos de la sociedad. Esta no es una solución a los problemas del capitalismo actual, sino que nada más representa la otra cara de la medalla: una práctica de la exclusión que es tan destructiva como la que se desarrolla a través de la acumulación y la reproducción ilimitada del capital.

 

Las comunidades fundamentalistas étnicas y religiosas son tan totalitarias como los grupos sociales en los que el individuo sólo es un fragmento de un todo supuestamente orgánico. No reconocen ni los derechos humanos[15] ni los derechos individuales. El sujeto es el cuerpo de la etnia o de la comunidad religiosa, frente a la cual todos sus miembros se encuentran en una relación de dependencia. Así se oponen a cualquier forma de universalismo en la que cada individuo reconoce en cualquier otro individuo a un representante del mismo género humano.

 

Cada identidad específica -- la propia palabra así lo señala -- excluye todo lo que no es idéntico. Es una forma de exclusión social. Se trata de un antiguo mecanismo para determinar quién pertenece a una comunidad y quién no. Actualmente se invoca la pertenencia al grupo por medio de la identidad colectiva. Los que son aceptados en la etnia deben convertirse completamente: aprender su lengua, cultivar su religión, comer sus alimentos, fascinarse con sus cantos y bailes. Lo que alguna vez fueron razas y pueblos, hoy se ha convertido en identidades étnicas. No importa que sean etnias o comunidades religiosas: las identidades colectivas no reconocen ningún tipo de universalismo, trátese de una sociedad civil o de los derechos humanos. El primer derecho de todo ser humano, o sea el de ser un individuo no idéntico, es rechazado desde el principio de la identidad colectiva. Con ella regresan las comunidades y los clanes étnicos, incluida la horda arcaica. Este problema lo advirtió hace alrededor de 20 años el sociólogo Michel Maffesoli en su libro sobre el deterioro del individualismo El tiempo de las tribus. Maffesoli demostró cómo, desde el campo hasta las cantinas, la retribalización mundial es una tendencia cotidiana. [16]

 

El modelo de la etnización mundial y de la formación de identidades colectivas es impuesto casi sin alteraciones también cuando se crean identidades corporativas en los grandes consorcios económicos y en la propaganda para sus productos. Corporate identity es el lema con el que se pega a los consumidores en su delirio por adquirir mercancías y a los empleados de los grandes consorcios a la comunidad de los trabajadores de la empresa. Esto va mucho más allá de un simple logotipo. La corporate identity es un símbolo y es la ética de la identidad de determinadas relaciones humanas, definidas por mercancías y por un lifestyle. Si el público adopta a la corporate identity, también adquirirá, sin la menor crítica, todos los productos de la empresa. Esto puede tener supuestas buenas intenciones, como lo demuestra el gran número de prósperas organizaciones de amor al prójimo, o bien puede conducir simplemente a pertenecer a algo, como por ejemplo ser admitido en la comunidad étnica de los amigos de un producto adorado.

 

Los grupos étnicos o religiosos que reclaman hoy en día su autonomía siguen este mismo modelo, quieren forzar a la gente que vive en su territorio a obedecer su religión y a seguir sus costumbres. Pero frecuentemente las culturas también son invenciones impuestas por intereses cuyos objetivos son ganar o mantener el poder de unos líderes o caudillos. En el caso de la charía, el derecho islámico, los grupos fundamentalistas exigen el regreso a formas penales medievales que no corresponden a la sociedad actual ni tampoco a un islam ilustrado que ya las había superado en otras épocas. La lapidación no es nada más que una pura barbaridad, al igual que todos los actos penales que desmembran el cuerpo de un delincuente. El retorno de estas "costumbres" muestra que sus defensores nada más están interesados en mantener su poder.

 

La autodeterminación de los pueblos es la frase motriz con la que las etnias luchan por poder e influencia. Pero en realidad se trata de una regresión que se remite a formas comunitarias que supuestamente tuvieron un desarrollo histórico. Cuando las sociedades democráticas colapsan, es señal de que ha llegado su momento. Estructuras de clan, cacicazgos y la familia como unidad económica son sus formas de organización. Estas parecen haber sido cortadas a la medida a partir de relaciones social-darwinistas en la economía y la sociedad, donde las mafias y las bandas marcan la pauta. No es de extrañar que en épocas de crisis estas mafias y bandas dominen el mundo sin ningún problema. Su energía psicológica la obtienen esencialmente del victimismo, una simulación patológica de sacrificio con cuya ayuda, en forma estilizada, se ven a sí mismas como víctimas, y a partir de ahí extraen el derecho de poder sacrificarse a sí mismas e igualmente a todos aquéllos que no pertenezcan a su comunidad.

 

Actualmente, la lucha por la autonomía étnica o religiosa parece pertenecer también a la estrategia de algunos consorcios del mercado informal: el movimiento étnico o religioso con su corporate shell como distintivo de determinadas empresas, sus guerras como parte de las actividades económicas. Economía con medios distintos. A diferencia de lo que ocurre con la democracia, los intereses de lucro capitalistas no son un obstáculo para la etnización mundial, por el contrario, el surgimiento y el desarrollo de las identidades colectivas de los guerreros religiosos fundamentalistas resultan de gran utilidad, pues contribuyen a la destrucción de la sociedad civil. “La política de la identidad”, dice Susan George en una entrevista, “constituye una gran ventaja para la clase dominante, por ello los expertos de los grupos de trabajo la recomiendan una y otra vez con especial énfasis. El apoyar a las personas que buscan su identidad histórica, política, religiosa, racial o sexual evita que se ocupen en pensar en lo que podrían lograr si actuaran unidos. Así se bloquea la solidaridad. (…) Parece completamente evidente que la política de la identidad es extremadamente útil para distraernos.”[17] La búsqueda de la identidad, la llamada a defender los usos y las costumbres de una determinada cultura niega cualquier humanismo universal así como los derechos universales que unen a los seres humanos.

 

Las empresas globales con sus culturas empresariales, sus ritos, sus usos y sus costumbres para lograr la identificación de sus empleados y de sus consumidores con la empresa trabajan de la mano con los buscadores de la identidad étnica y religiosa. La búsqueda de la identidad contradice y obstaculiza la realización del humanismo universal en el cual cada individuo es protegido como individuo por una ley de derechos humanos universales que garantizan su integridad como ser humano inconfundible, su derecho a la vida y, por supuesto, el derecho que tiene cada quien a no ser discriminado.

 



[1] vease Paul Feyerabend, Against Method, Verso, London 1975 y Farewell to Reason, Verso, London 1987.

[2] Aristóteles, Met. V, 9, 1018 a 7

[3] Nicolas de Cusa, De Docta Ignor., II, 11

[4] Helgel, Enc., §§ 115-116

[5] Martin Heidegger, Identidad y diferencia, Identität und Differenz, Editorial Anthropos, Barcelona 1990.

[6] Martin Heidegger, op.cit., p. 69.

[7] Martin Heidegger, op. cit., p. 69.

[8] Martin Heidegger, op. cit., p. 75.

[9] Martin Heidegger, op.cit., p. 85.

[10] Martin Heidegger, op.cit., p. 89.

[11] Martin Heidegger, op.cit., p. 90.

[12] Martin Heidegger, op.cit., p. 91.

[13] Martin Heidegger, Epílogo a “Qué es Metafísica?”, en: Hitos, Allianza, Madrid 2000. (En alemán 1943/1949/1952). Citado de Heidegger en castellano: http://personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger

[14] Martin Heidegger,  Epílogo a “Qué es Metafísica?”, op.cit.: “Este pensar contesta a la exigencia del ser, en la medida en que el hombre confía su esencia histórica a la simplicidad de esa única necesidad que obliga sin apremiar, limitándose simplemente a crear la necesidad que se satisface en la libertad del sacrificio. La necesidad es que la verdad del ser quede a salvo pase lo que pase con el hombre o cualquier ente. El sacrificio es ese prodigarse del hombre -libre de toda constricción, porque surge del abismo de la libertad- en la preservación de la verdad del ser para lo ente. En el sacrificio acontece aquella escondida gratitud única en saber apreciar la gratuidad con que el ser se ha transpropiado a la esencia del hombre en el pensar, a fin de que éste asuma la guarda del ser en la relación con lo ente. El pensar inicial es el eco del favor del ser en el que se aclara y acontece eso único: que lo ente es. Ese eco es la respuesta del hombre a la palabra de la voz silenciosa del ser. La respuesta del pensar es el origen de la palabra humana, palabra que es la única que consiente que surja el lenguaje a modo de entonación sonora de la palabra en palabras. Si no hubiera a veces un pensar escondido en el fundamento esencial del hombre histórico, éste nunca sería capaz de agradecer, puesto que en todo pensamiento y en todo agradecimiento tiene que haber necesariamente un pensar que piense inicialmente la verdad del ser. ¿De qué otro modo podría llegar jamás una humanidad al agradecer originario si el favor del ser, por medio de la abierta referencia a sí mismo, no le concediese al hombre la nobleza de esa pobreza en la que la libertad del sacrificio esconde el tesoro de su esencia? El sacrificio es la despedida de lo ente en ese camino que conduce a la preservación del favor del ser. Es verdad que el sacrificio puede ser preparado y favorecido trabajando productivamente en lo ente, pero nunca podrá llegar a ser consumado por estos medios. Su consumación procede de la instancia desde la que cada hombre histórico actúa -pues también el pensar esencial es un actuar- y conserva la existencia, existencia adquirida para la preservación de la dignidad del ser. Esta insistencia es la imperturbable indiferencia, que no permite que se altere su oculta disposición para la esencia de despedida de todo sacrificio. El sacrificio se encuentra en casa en la esencia de ese acontecimiento propio, en el cual el ser reclama al hombre para la verdad del ser. Por eso, el sacrificio no tolera ninguno de esos cálculos por los que siempre se cae en el error de cálculo de tomar solamente en cuenta su utilidad o inutilidad, por altas o bajas que se hayan dispuesto las metas. Este error de cálculo deforma la esencia del sacrificio.”

[15] Fue Domitius Ulpianius (* 170 Tyros, Fenicia - † 228, Roma), uno de los más importantes juristas romanos, quien formuló por primera vez en la historia occidental los derechos humanos: “todos los seres humanos son por naturaleza libres y iguales”. Empezó su vida pública como asesor del auditorio de Papiniano y como miembro del Consejo de Séptimo Severo y Severo Alejandro. Su obra Ad edictum (derecho pretoriano) y Ad Sabinum (derecho civil) constituyeron las bases de las Pandectas de Papiniano.

[16] Michel Maffesoli, El tiempo de las tribus, Icaria, Barcelona, 1990.

[17] Susan George, en una entrevista para El País, 25.II.2001.